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La tendencia a establecer etiquetas y cierta inercia lectora puede despertar cierta suspicacia a la hora de enfrentarse a la obra lírica de uno de los más destacados autores de la narrativa actual, como si nos encontráramos ante un advenedizo moviéndose en un territorio que no le pertenece. Tal vez esa desconfianza desaparezca al saber que la poesía constituye solo una primera etapa de la obra austeriana, que posteriormente dio paso a esas novelas que han dado a su autor una merecida fama. Sin embargo, el riesgo es entonces enfocar la lírica como un simple preámbulo, como un pecado de juventud o el torpe tanteo de quien todavía no ha encontrado su camino. En buena medida la poesía de Paul Auster constituye un pórtico de entrada a su obra novelística, un pórtico que arroja no poca luz sobre algunas de las obsesiones del norteamericano. Con todo, sería de lamentar que el lector se aproximara a esta obra como un mero apéndice a las novelas sin advertir la calidad de estos textos ni su entidad propia. De hecho, si bien es cierto que la narrativa de Auster es una respuesta al callejón sin salida al que le condujo su exigente concepción de la poesía, creo que no es menos cierto que, si la lírica es el punto de partida de su obra, es también en cierto sentido la meta, el destino final al que apuntan sus inquietantes parábolas. En efecto, si el motivo central de sus poemas es la insuficiencia del lenguaje para desvelar los enigmas de lo real, la ficción se revela como un frágil hilo de Ariadna para moverse dentro del laberinto. Con todo, las frecuentes referencias metaliterarias de la obra narrativa nos muestran que esa percepción laberíntica, casi borgiana, de lo real sigue muy presente. De ahí que me atrevería a decir que la poesía de Auster permanece como un aviso para el narrador (y para el lector), como el reverso o el negativo de sus creaciones en prosa. La obsesiva metáfora del muro (“Tu tinta ha aprendido/ la violencia del muro”) testimonia la profunda desconfianza ante el lenguaje, desconfianza que parece brotar de la quiebra del sueño simbolista de un lenguaje originario, del verbo como puerta de acceso directo al mundo y a los otros. La imposibilidad de dicho lenguaje lleva a poner entre paréntesis la misma posibilidad del mundo y del propio yo. Heredero en buena medida del Simbolismo, Auster es consciente del callejón sin salida al que lleva el deseo imposible de una lengua prebabélica. Su inteligente asunción de la tradición francesa y alemana (las huellas de Celan y Mallarmé, entre otros, no son difíciles de rastrear) aboca al escritor a encarnar esa crisis permanente del lenguaje, cuyas heridas no pueden curarse ni con el silencio ni con la locuacidad de una palabra todavía sagrada. Salvando las obvias diferencias, quizá no resulte del todo descabellado emparentar la trayectoria de Auster con el abandono de Hofmannsthal de la poesía lírica para dedicarse a la narrativa y el teatro, abandono que encuentra en la crisis expresada en la Carta de Lord Chandos una suerte de explicación, o al menos un atisbo de esta. Fruto de nuestra precaria condición postbabélica es la necesidad de la traducción, esa labor que tal vez esconda, como quería Benjamin, la nostalgia del mito de la lengua primigenia. Este libro es el fruto de un largo diálogo entre Paul Auster y su traductor Jordi Doce, un diálogo que comenzó hace más de quince años cuando el poeta español comenzó a ofrecernos sus primeras versiones de estos poemas. El resultado echa de ver ese trabajo de años, que ha ido encontrando nuevos y renovados matices en ese difícil, casi imposible oficio, del traductor de poesía.
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http://literaturas.info/revista_int.php?IdElement=56&IdSubElement=3&IdSubSubElement=813 | 19.11.2012 |
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